Los versos más tristes
Querido Fulano:
¡Tanto tiempo! Puedo preguntar como estas, pero pareces triste ya que
me mandaste un poema hablando de “versos más tristes.” ¿Fue escrito para quien?
¿Para mi? ¿Para ti? ¿O para los astros que tiritan? Ojala sea para los astros; quizás
puedan entenderlo.
Por ejemplo: no nos besamos tantas veces bajo el cielo infinito. Una o
dos veces, máximo. Usualmente, estuvimos encerrados en tu Citroen que era del tamaño
de un caramelo (un caramelo rancio, no más), y la única cosa infinita era mi deseo
de estirar las piernas y escapar de mi claustrofobia. Pero tú nunca me entendiste,
nunca.
Ahora, leyendo tu poema, entiendo porque no me entendiste. Soy una
persona práctica, no gasto mi tiempo escuchando la noche. La radio, la tele, mi
vecina, sí, pero la noche, no. La noche es para dormir, no para escuchar. Asimismo,
el corazón es una maquina de bombear –no es un coche, un carruaje o un remís—
el corazón no puede buscarme; no tiene ojos, no tiene nariz, no tiene oreja, no
tiene ningún sentido para reconocerme.
También, dices que nosotros ya no somos los mismos. Por supuesto. Somos
viejos, estamos lejos, somos desconocidos, estamos gastados, rasgados, casi estamos
pasados. La vida es así; no es necesario escribir poemas sobre esto. Es más
importante, más razonable, más agradable que hagamos papeles más útiles.
Además, ¿porque piensas que
quiero leer un poema en cual me dices que no me quieres? Dices
que sí me quisiste, pero cuando me quisiste, nunca me lo dijiste, nunca. Y
ahora, cuando tiene agallas para decirlo, lo niegas. Lo niegas, lo negabas, lo
negaste, y es cierto que si nos reuniéramos, lo negarías.
Lo negarás para siempre.
Y yo lo
sabía, lo supe, lo se y lo sabré siempre.
Adiós,
Sharmon