Una vez en Argentina, me fui a navegar con
mi familia. Fuimos en un velero—mi marido, mi hija de doce años y mi sobrino de
trece años. Cuando cruzamos el lago en la mañana, era un día muy lindo.

El día cambio bastante en la tarde. Tuvimos
que regresar en una tormenta con mucho viento. Era difícil navegar. Yo estaba arriba del barco con mi marido y
los jóvenes estaban abajo en la cabina. Ellos se quejaban mucho.

--¿Cuándo llegamos?

--¡Tengo hambre!

--¡No me siento bien!

--¡No hay nada para hacer!

Yo tenia miedo del mal tiempo, pero al fin,
llegamos con seguridad a el muelle sin problema, solamente un poco mareados.

El próximo día, yo estaba hablando con mis
amigas Argentinas—todas mujeres refinadas. Yo describí el paseo de navegar con
detalles del tiempo, mi miedo, y los chicos adentro de la cabina. Yo dije: “Los
chicos estuvieron cogiendo abajo.” Me confundí los verbos quejarse y coger.

Mis amigas me miraron con horror, como si yo
fuera una madre inmoral, porque en Argentina nunca se usa la palabra coger.
Coger, en la jerga, significa “fuck”. ¡Que vergüenza!

Tengo una reputación de gringa en
Argentina, y no es buena.